Si bien en mi pasado como pintor, mi obra se centró en el costumbrismo, resaltando los personajes y paisajes de región, mi propuesta actual marca una evolución profunda hacia la introspección y la crítica simbólica. Mi pintura se sitúa hoy en un punto de tensión constante entre lo visible y lo oculto. mis figuras emergen de escenarios que evocan un paraíso, pero están atravesadas por signos contradictorios y de una violencia latente, silenciosa y casi ritual.
En un contexto artístico a menudo dominado por el discurso conceptual, esta obra reivindica la imagen como un espacio vital de pensamiento. Aquí, la figuración no surge de la nostalgia por el pasado, sino como una postura ideológica firme: volver al cuerpo, al rostro y al símbolo es, en última instancia, volver a lo humano, no busco el idealismo renacentista de figuras mitológicas y élites desnudas frente a la naturaleza. En mi trabajo, los protagonistas pertenecen a una clase social distinta: una más arraigada a lo rural.
El surrealismo opera en mi trabajo como un velo: no niega la realidad, sino que la transforma para revelar sus verdades más profundas. Sus protagonistas no gritan; permanecen. Esa quietud resulta más perturbadora que cualquier exceso decorativo, pues en ella se condensa la historia de una región donde la violencia ha sido normalizada e integrada al paisaje cotidiano.
Mi pintura no busca la denuncia literal, sino la poética. Su fuerza reside en construir una belleza incómoda que obliga al espectador a detenerse, a cuestionar y a mirar de nuevo.
